Boa Mistura pinta con el vecindario, no para el vecindario

colorful street mural building

Hay una fotografía que se repite en todos los reportajes sobre este colectivo madrileño: un callejón estrecho, casas apiladas a los dos lados, y una palabra enorme pintada que atraviesa suelo, escaleras y fachadas, y que solo se lee entera desde un punto concreto de la calle. Dos pasos a la izquierda y la palabra se deshace en manchas de color sin sentido.

La imagen es tan eficaz que se ha convertido en el resumen de su trabajo, y ahí empieza el malentendido. La anamorfosis es la parte más vistosa y la menos importante. Lo que sostiene esas piezas son las tres semanas anteriores, cuando no hay nada pintado y sí muchas reuniones en un local prestado.

Este texto recorre el procedimiento entero en tres intervenciones de tipos distintos, desde la primera visita hasta el año siguiente, con la pregunta incómoda por delante: quién elige la palabra que acaba escrita en la pared de la casa de otro.

El método, resumido en seis pasos

  • Llegar sin propuesta. La primera visita no lleva boceto. Sirve para escuchar, medir y entender quién tiene autoridad real en el sitio.
  • Buscar un socio local. Una asociación, una parroquia, un centro educativo o un grupo de vecinos que ya trabajase allí antes y que siga después.
  • Sacar la palabra del vecindario. El texto se decide en asamblea o en taller, nunca en el estudio.
  • Diseñar sobre la geometría existente. El dibujo se adapta a escaleras, huecos y desniveles reales, levantados con fotografía y medición.
  • Pintar con quien vive allí. Brocha y rodillo repartidos, no un equipo cerrado trabajando ante público.
  • Dejar el material y el protocolo. Pintura sobrante, códigos de color y las instrucciones para repasar la obra sin el colectivo delante.

Ninguno de esos pasos es exclusivo suyo. Lo que sí es reconocible es el orden, y sobre todo la negativa a invertirlo: aquí no se llega con la pieza pensada para después buscar el muro que la acoja.

Un colectivo que se organiza como un estudio, no como un artista

El grupo se formó en Madrid a comienzos de los años dos mil, con una base común en el graffiti de la ciudad y formaciones posteriores repartidas entre bellas artes, arquitectura y diseño gráfico. Son cinco, y esa cifra explica más de lo que parece sobre cómo trabajan.

Un artista individual que acepta un encargo participativo tiene que ser a la vez interlocutor, dibujante, gestor y pintor. Un equipo de cinco puede repartir esos papeles: mientras uno negocia con el ayuntamiento y otro coordina el taller con los vecinos, dos están levantando la geometría del sitio y el quinto resolviendo el suministro de pintura.

La formación en arquitectura pesa especialmente en el resultado. Sus intervenciones no tratan la pared como un lienzo sino como un espacio con recorrido, cotas y puntos de vista, y esa manera de mirar es la que hace posible pintar sobre planos que no son paralelos entre sí.

Funcionan además con una lógica de encargo que se parece más a la de un estudio profesional que a la de un muralista: propuesta, calendario, presupuesto, coordinación con administración y entrega. Es una diferencia importante respecto a la escena de los colectivos artísticos que se organizan sin estructura fija, y explica que puedan sostener proyectos largos en sitios complicados.

Qué tienen en común los proyectos de Boa Mistura

Vistos en fila, los proyectos de Boa Mistura comparten cuatro decisiones que se repiten con independencia del país, del presupuesto y del tamaño del muro.

La primera es el texto. Casi siempre hay una palabra o una frase corta, y casi siempre es afirmativa, en el idioma del sitio y con un vocabulario que cualquiera reconoce. No hay juegos de palabras ni referencias que exijan contexto cultural externo.

La segunda es el color plano. La paleta es amplia y saturada, pero se aplica en masas sin degradado ni sombreado, porque una superficie plana la puede pintar cualquiera con un rodillo después de media hora de explicación. Es una decisión técnica al servicio de la participación, no una preferencia estética.

La tercera es el uso del espacio completo. Suelo, peldaños, zócalos, jambas, tendederos, muros de contención: todo entra en la composición. Eso multiplica la superficie disponible en sitios donde no hay una fachada grande y libre.

La cuarta es la ausencia de retrato. No pintan a la gente del barrio, ni la representan de forma simbólica. Lo que se pinta es la palabra que esa gente eligió, y la diferencia entre esas dos cosas es la que separa un mural participativo de un mural sobre un barrio.

La anamorfosis: la técnica que obliga a mirar desde un punto

Escalera urbana con franjas de color que solo forman una figura vista desde abajo
Tilman2007 / BY-SA 4.0

La anamorfosis es una deformación calculada. Se elige un punto de observación, se proyecta desde ahí la forma que se quiere que se vea, y se pinta sobre cada superficie la porción deformada que le corresponde. Desde ese punto, todo encaja; desde cualquier otro, no.

El procedimiento clásico usa un foco de luz situado en el punto de vista y una plantilla, de modo que la sombra proyectada marca directamente el trazo sobre las paredes. En intervenciones grandes se hace de noche, con proyector, y se repasa el encaje al día siguiente.

Hay una versión más artesanal que funciona igual de bien y no necesita electricidad: cuerdas tensadas desde el punto de vista hasta cada esquina de la letra, marcando con tiza dónde tocan cada plano. Es lenta y no falla, y en un callejón sin instalación eléctrica es la única opción.

Lo interesante del recurso, más allá del efecto, es lo que impone al espectador. Para leer la palabra hay que colocarse en un sitio determinado del barrio, normalmente el punto donde la gente se para de todos modos. La obra obliga a ocupar el espacio de una manera concreta, y esa es su función real.

Intervención uno: el callejón de un barrio autoconstruido

El primer tipo de encargo es el más citado y el más difícil. Un barrio levantado por sus propios habitantes en una ladera de una ciudad latinoamericana, con callejones de menos de dos metros de ancho, escaleras de hormigón que sirven de calle y viviendas que crecieron por fases según el dinero disponible.

El proceso empieza sin pintura. Hay una fase de semanas en la que el equipo vive en el barrio, se apoya en una organización vecinal que ya operaba ahí y hace la tarea que ninguna foto muestra: identificar quién es propietario de cada muro, quién tiene poder de veto y qué conflictos previos existen entre puertas contiguas.

La palabra sale de reuniones con quienes viven en ese callejón concreto, no del barrio entero. Es una diferencia deliberada: cuando el grupo consultado es demasiado grande, la palabra elegida se vuelve abstracta y nadie la siente propia. Cuando son doce familias, el resultado es específico y hay corresponsabilidad.

La ejecución dura pocos días y la hacen los vecinos con supervisión. Se reparte rodillo, se marcan las zonas por colores como si fuera un cuaderno de pintar por números, y el equipo se ocupa de los encuentros complicados y del remate. Al terminar queda pintura sobrante en la casa de alguien, que es la manera práctica de que la obra se pueda repasar.

Un año después, lo que se conserva no es uniforme. Las escaleras se desgastan con el paso y se repasan; los muros orientados al sol se decoloran; algún vecino repinta su fachada por su cuenta y la palabra pierde una letra. Nada de eso se considera un fracaso dentro de este modelo, y ahí está la diferencia con el mural de autor.

Intervención dos: el patio de un centro escolar

Patio escolar con formas geométricas pintadas sobre el suelo de cemento y los muros

El segundo tipo de encargo es doméstico, barato y probablemente el más replicable. Un patio de colegio o de instituto, con muros de bloque, canastas y una pista de cemento, en el que la intervención se hace con el alumnado dentro del horario lectivo.

Aquí el socio local es el propio centro y el interlocutor es el claustro. La negociación tiene menos aristas que en un barrio, pero introduce una condición nueva: hay que producir una obra con setenta manos a la vez, en sesiones de una hora, y con un resultado que no dependa de la habilidad de nadie.

El diseño responde a esa restricción. Formas geométricas grandes, límites marcados previamente con cinta, colores separados por sesiones para que ningún grupo tenga que esperar a que seque lo del anterior. El patio se pinta también en el suelo, que es la superficie que más usan y la que más nadie mira.

La palabra, en este caso, suele salir de un taller previo en el aula. Y aquí aparece uno de los efectos secundarios más sólidos del método: quien ha pintado un muro no lo raya después. El vandalismo sobre obra propia es prácticamente inexistente, y ese dato lo confirman los centros que repiten al año siguiente.

Lo que queda es un patio con mantenimiento asumido por el propio centro. Al ser color plano y paleta corta, un repaso anual con la misma pintura lo devuelve al estado inicial sin necesidad de que vuelva nadie.

Intervención tres: la medianera de un bloque de vivienda pública

El tercer tipo es el más frecuente en Europa y el que más se parece a un encargo convencional. Una medianera de siete u ocho plantas en un barrio de vivienda pública de la periferia, con financiación municipal, plazo cerrado y una comunidad de propietarios que tiene que aprobarlo en junta.

La parte participativa aquí es más frágil, porque el proceso administrativo marca el ritmo y no espera. Lo que funciona es adelantar el trabajo con los vecinos a la fase de solicitud: llegar a la junta con la palabra ya elegida por un grupo del bloque convierte la votación en un trámite en lugar de en una discusión.

La ejecución cambia por completo respecto a los dos casos anteriores. Una medianera de ocho plantas exige plataforma elevadora, seguro, formación específica para trabajo en altura y ocupación de vía pública. La participación vecinal se limita a la planta baja y a las primeras alturas, con el resto ejecutado por el equipo.

Es una limitación honesta que conviene decir en voz alta: no se puede pintar a veinte metros con voluntarios. Lo que sí se puede es que la parte accesible sea la que ellos pintan y que el conjunto se lea como una sola pieza.

En una ciudad como Madrid, ese tipo de intervención convive con una escena de barrio muy anterior y muy distinta, la que se puede recorrer en los muros libres del centro de la ciudad, donde nadie pide permiso a una junta de propietarios.

Quién decide la palabra que se pinta

Esta es la pregunta que decide si un proyecto participativo lo es de verdad, y la respuesta honesta es que casi nunca la decide una sola parte.

El vecindario propone y elige, pero lo hace dentro de un marco que trae el equipo: una palabra, no un párrafo; afirmativa, no de denuncia; en el idioma de la calle. Ese marco no es neutral. Filtra de entrada cualquier mensaje reivindicativo largo o cualquier contenido político explícito.

El financiador tiene además un veto que rara vez se ejerce pero siempre está. Un ayuntamiento que paga una medianera no va a aceptar una frase que critique su gestión, y todo el mundo lo sabe antes de empezar. Fingir lo contrario sería deshonesto.

Lo que sí controla el vecindario, y no es poco, es el contenido dentro de ese marco. La diferencia entre la palabra que habrían elegido cinco artistas en un estudio de Madrid y la que sale de una asamblea de doce familias en una ladera es enorme, y se nota al leerla en el sitio.

Hay una prueba sencilla para saber si el proceso fue real: preguntar a alguien que viva allí qué significa la palabra. Si sabe contar por qué se eligió esa y no otra, el taller existió. Si dice que la pusieron los pintores, no.

Qué queda cuando el equipo se va

Un año después de cualquiera de las tres intervenciones quedan cuatro cosas, y solo una es la pintura.

Queda el punto de vista. En las piezas anamórficas, el sitio desde el que se lee la palabra se convierte en un lugar de encuentro por pura mecánica: la gente se para ahí. Eso reorganiza el uso de un callejón más de lo que sugiere la escala de la obra.

Queda el material. Pintura sobrante, códigos de color anotados, brochas. Es lo que decide si al segundo invierno la obra se repasa o se abandona, y es la parte del método que menos se explica y más determina el resultado a medio plazo.

Queda la relación con la entidad local. El socio que acompañó el proceso sigue trabajando ahí, y suele usar la obra como carta de presentación para conseguir la siguiente cosa, que muchas veces no tiene nada que ver con pintura.

Y queda la imagen circulando. Es el activo más discutido, porque el barrio produce una fotografía que recorre el mundo mientras el barrio sigue exactamente igual de mal comunicado que antes. Ninguna intervención pintada resuelve un problema de infraestructura, y conviene no atribuirle capacidades que no tiene, algo que el debate sobre lo que un mural cambia realmente en una ciudad lleva años señalando.

Las críticas que recibe el modelo, y cuáles se sostienen

La crítica más repetida es la del maquillaje: pintar de colores un barrio con carencias graves puede servir para aplazar la inversión que hace falta. Se sostiene en parte, y depende enteramente de quién paga y de qué haya prometido. Cuando la administración presenta el mural como respuesta a una demanda vecinal de otra naturaleza, la crítica es exacta.

La segunda es la del extractivismo visual: un equipo llega, produce imágenes potentes en un contexto vulnerable y se marcha con el capital simbólico. Se sostiene menos cuanto más largo es el proceso y más claro está el socio local, y no se sostiene en absoluto en encargos como el patio escolar.

La tercera es estética y viene de dentro del propio muralismo: la acusación de que el color plano y la palabra afirmativa producen un lenguaje amable y repetible. Tiene fundamento, y el propio método lo explica, porque la restricción técnica que hace posible la participación es la misma que limita el registro formal.

La cuarta, que casi nadie formula, es la de la dependencia: un proceso participativo bien hecho crea expectativa de continuidad, y si no hay segunda fase, deja una sensación de abandono peor que la de no haber empezado. Es un riesgo real de todo trabajo comunitario, no solo del pintado.

Cómo se reconoce una pieza suya desde la calle

No hay firma visible en la mayoría de las intervenciones, así que el reconocimiento va por procedimiento. Cinco señales concretas resuelven casi cualquier duda.

La primera es el texto integrado en la geometría del sitio, no colocado sobre una fachada plana. La segunda es el color plano sin degradados, con una paleta amplia y saturada. La tercera es la continuidad de la pintura entre superficies distintas: si el mismo color pasa del muro al suelo y del suelo a un peldaño, hay indicio fuerte.

La cuarta es la ausencia de figura humana. La quinta es la escala repartida: en lugar de una gran superficie única, muchas superficies pequeñas coordinadas. Esa última es la más fiable, porque es la que resulta de haber pintado con mucha gente a la vez.

Conviene una advertencia sobre atribuciones. El recurso anamórfico se ha popularizado mucho y hay intervenciones parecidas por toda Europa hechas por equipos distintos, algunas de gran calidad. Atribuir de oído es un error frecuente, igual que ocurre con otras firmas españolas de repertorio muy reconocible. Delante del muro manda lo que diga la placa del promotor, no el parecido formal.

Preguntas frecuentes

¿Cuánto dura una intervención participativa completa?

El pintado ocupa entre tres días y dos semanas según la superficie. El proceso previo, que es lo que la hace participativa, va de varias semanas a varios meses, y en los encargos administrativos se solapa con la tramitación del permiso.

¿Se puede visitar una obra de este tipo como turista?

Las que están en espacio público y en ciudad, sí, con el mismo cuidado que cualquier barrio residencial. Las que están en asentamientos autoconstruidos son otra cosa: son calles interiores de un barrio vulnerable, y presentarse a fotografiar sin contacto local no es una visita, es una intrusión.

¿Quién mantiene la obra después?

Depende de lo que se haya dejado montado. En centros escolares, el propio centro. En comunidades de propietarios, la comunidad, que rara vez lo presupuesta. En barrios autoconstruidos, los vecinos con la pintura sobrante, y ahí el mantenimiento es desigual por definición.

¿Es arte comunitario o es diseño urbano?

Tiene componentes de los dos y la etiqueta importa poco. Lo que distingue el trabajo es que la decisión de contenido se traslada al grupo que vive en el sitio, mientras que la resolución técnica y formal se queda en el equipo. Quien busque autoría individual pura no la va a encontrar aquí.

¿Cómo se financia un proyecto así?

Con mezcla, casi siempre. Fondos municipales o autonómicos, programas de cooperación, fundaciones privadas y, en el caso de los encargos corporativos, presupuesto de comunicación de una empresa. Los datos sobre inversión municipal en espacio público suelen estar publicados en los portales de transparencia, como el del ayuntamiento de la capital.

¿Sirve este modelo en un barrio europeo consolidado?

Sirve, con adaptaciones. La diferencia principal es que en Europa hay una capa administrativa densa —licencias, seguros, normativa de altura— que en un asentamiento autoconstruido no existe, y esa capa consume buena parte del tiempo que en otros contextos se dedica al trabajo vecinal. Organismos como la agencia de las Naciones Unidas dedicada a los asentamientos humanos llevan años documentando esa diferencia de contextos.

La palabra pintada en el callejón se borra con los años y el efecto anamórfico deja de encajar en cuanto alguien levanta un piso más. Lo que aguanta es haber pintado juntos una pared que antes nadie miraba, y eso no se fotografía.