Bilbao La Vieja y Zorrotzaurre en una sola jornada

Ría de Bilbao con puentes bajos y fachadas de vivienda antigua subiendo por la ladera

Casi todas las listas de murales de esta ciudad mandan al visitante a dos sitios: una calle del casco viejo y la explanada del museo. Se recorren en hora y media, se sale con cuatro fotografías y queda la impresión de que aquí no hay mucho más que ver.

Hay bastante más, pero está repartido en dos orillas que rara vez aparecen juntas en la misma guía. Una es la ladera de Bilbao La Vieja, densa, en cuesta y pintada desde hace veinte años. La otra es Zorrotzaurre, una isla de naves industriales a medio derribar donde la pintura tiene fecha de caducidad.

Las dos caben en una jornada larga si se ordenan bien: la ladera por la mañana, cuando la luz entra de lado en las calles estrechas, y la isla por la tarde, cuando el sol da de frente a las fachadas de la ribera. Con el paso de una orilla a otra resuelto a mediodía.

El día, partido en dos mitades

Tramo Horario A pie Terreno Cómo se entra
Bilbao La Vieja y San Francisco 9:30 a 12:00 2,5 km Cuesta continua Tranvía, parada de Atxuri
Zabala y el borde de Miribilla 12:00 a 13:30 2 km Rampas y escaleras A pie desde las Cortes
Traslado y comida 13:30 a 15:30 – Llano Metro, línea 1
Ribera de Deusto y Zorrotzaurre 15:30 a 19:00 4 km Llano, sin sombra Puente peatonal desde Deusto

El día entero cabe en un billete de zona urbana con tarjeta recargable, tranvía y metro incluidos. No hace falta taxi en ningún momento y el coche estorba en las dos mitades.

Dónde hay murales en Bilbao y por qué se concentran ahí

La pregunta de dónde hay murales en Bilbao tiene una respuesta geográfica bastante clara: donde hubo industria, mina o vivienda obrera, y donde todavía queda superficie sin rehabilitar. Eso deja fuera casi todo el eje del río reconvertido y concentra la pintura en dos bolsas.

La primera es la ladera sur, la que arranca justo al cruzar el puente desde el mercado. Es un tejido de calles estrechas, edificios altos y solares que dejó el derribo, con un programa municipal de rehabilitación funcionando desde hace más de dos décadas y una vida asociativa muy activa.

La segunda es la orilla industrial, con naves de una y dos alturas, muros ciegos larguísimos y un plan urbanístico que las va tirando por fases. Ahí la pintura es de otro tamaño y de otra vida útil.

Entre las dos hay una diferencia que conviene entender antes de salir: en la ladera casi todo lo pintado tiene permiso y vocación de quedarse; en la isla, casi nada de las dos cosas. Es la misma tensión que se ve en otros barrios industriales reconvertidos en galería, solo que aquí las dos fases coexisten el mismo día.

Un solo barrio con tres nombres

Lo que la gente llama Bilbao La Vieja son en realidad tres barrios contiguos: Bilbao La Vieja propiamente dicha, San Francisco y Zabala. Se recorren sin darse cuenta de que se cambia de uno a otro, pero cada uno tiene su carácter y su tipo de muro.

El nombre despista, porque no es el casco histórico. El casco antiguo está enfrente, al otro lado del río; esta orilla fue la zona de mineral, ferrerías y almacenes, y después el barrio donde se instaló la migración que llegaba a trabajar en la industria.

Esa historia explica el tejido: calles de trazado irregular subiendo a la ladera, edificios de vivienda barata de finales del XIX y principios del XX, plantas bajas comerciales muy pequeñas y una densidad alta. Es un barrio con muchas medianeras y muchos bajos, que es lo que necesita el muralismo.

Durante los años ochenta y noventa concentró los problemas que la ciudad no quería ver, y arrastra todavía esa fama. Hoy es un barrio popular y mestizo, con comercio de proximidad y bastante actividad cultural, en el que caminar de día no plantea ningún problema.

Mañana: de Atxuri a la calle de las Cortes

Calle estrecha con persianas metálicas de comercios pintadas de arriba abajo
PattayaPatrol / CC BY-SA 4.0

El arranque natural es la parada de tranvía de Atxuri, junto a la antigua estación. Desde ahí se cruza a la orilla sur por uno de los puentes bajos y se entra directamente por la parte baja de la ladera, que es la más pintada.

El primer eje es la calle de las Cortes, larga, con tráfico y con una sucesión de portales, persianas y muros de solar intervenidos. Es el sitio donde más rápido cambia el paisaje: buena parte de lo que se ve tiene menos de dos años.

Paralelas a ella corren San Francisco y Hernani, con otro tono. Ahí la pintura es más pequeña, está más pegada a los comercios y en muchos casos la encargaron los propios locales para sus cierres metálicos. Se ve entera solo con las persianas bajadas, es decir, a primera hora o en domingo.

Las travesías que suben desde estas tres calles son lo que hace interesante el tramo. Son cortas, empinadas y con muros de contención, y en casi todas hay algo pintado. Dos horas largas cubren la zona sin prisa.

Las cuestas de Zabala y lo que se ve desde arriba

Subiendo hacia el sur el barrio cambia de escala. Zabala está más arriba, tiene manzanas más regulares y da paso a la ladera donde estuvieron las minas de hierro, hoy ocupada por un barrio de vivienda nueva construido sobre el hueco.

Ese contacto entre lo viejo y lo nuevo produce el tipo de muro más agradecido de la mañana: medianeras enteras que quedaron a la vista cuando se derribó lo que tenían delante, visibles desde bastante lejos y desde cota alta.

La subida es real. Entre la orilla del río y el borde superior del barrio hay del orden de sesenta metros de desnivel, salvados en muy poca distancia. La ciudad ha ido instalando ascensores públicos y rampas mecánicas en varias de estas laderas, y usarlos no es hacer trampa: es lo que hacen los vecinos.

Desde arriba se entiende el conjunto. Se ve la ría, el casco antiguo enfrente, y la sucesión de medianeras pintadas de la ladera leída de una sola vez. Es el mejor punto para un teleobjetivo corto y el peor para un gran angular.

Mediodía: el mercado, la ribera y el paso al otro lado

La bajada devuelve al nivel del río justo enfrente del mercado, que es un edificio de los años treinta y uno de los mercados cubiertos más grandes que quedan en pie en el continente. Es la parada de comida obvia y no exige desviarse.

Cruzar al casco antiguo por el puente de San Antón cuesta dos minutos y permite ver la ladera recién recorrida desde la orilla contraria, que es como mejor se leen las medianeras altas. Media hora ahí paga la pena.

El traslado a la segunda mitad del día se hace en metro. La línea que recorre la ría por la orilla norte deja en la zona de San Ignacio, y desde la salida hasta el puente peatonal que da entrada a la isla hay unos diez minutos andando.

Conviene salir del centro antes de las tres. La tarde en la isla es larga y la luz de otoño se va pronto, sobre todo si el cielo está cerrado, que aquí es lo normal.

Zorrotzaurre dejó de ser península en 2018

Durante casi un siglo, Zorrotzaurre fue una lengua de tierra metida en la ría, ocupada por astilleros pequeños, almacenes, una papelera y talleres. Con la caída de la industria quedó medio vacía y muy accesible, que es la combinación exacta que atrae pintura.

La apertura del canal de Deusto terminó en 2018 y la convirtió en isla de verdad, con agua por los dos lados. La obra formaba parte de un plan de transformación completo que prevé vivienda, oficinas y parque en el lugar que ocupan las naves.

Ese plan avanza por fases, y ahí está la clave para el visitante: hay una parte ya edificada, con bloques nuevos y calles urbanizadas, y otra parte todavía industrial que se derriba por tramos. La pintura está casi toda en la segunda.

Es una situación reversible en un solo sentido. Cada fase que se ejecuta reduce la superficie disponible, y ninguna la devuelve. Lo que hoy ocupa un kilómetro de ribera será mucho menos en unos años.

Tarde: la Ribera de Deusto, nave por nave

Nave industrial abandonada junto al agua con el muro lateral cubierto de pintura
Trio3D / CC BY-SA 4.0

La calle que estructura la tarde es la Ribera de Deusto, que recorre el lado occidental de la isla de punta a punta. Es larga, plana, con poco tráfico y con naves a un lado y agua al otro. Se camina de norte a sur y se vuelve por el mismo sitio.

Los muros son de tres tipos. Los frontales de las naves, de cinco a diez metros de ancho, casi siempre con una pieza completa. Los laterales largos, donde aparecen las composiciones de veinte y treinta metros. Y los cierres de solar, que es donde se acumula la pintura rápida y la firma.

Hay además una capa interior que no se ve desde la calle. Varias naves tienen patios y traseras accesibles, y ahí es donde suele estar lo mejor conservado, porque queda protegido de la lluvia y de la vista. Entrar depende de lo que esté abierto ese día, y no siempre lo está.

El extremo sur de la isla es el más degradado y el que concentra más superficie pintada por metro. También es el más solitario. De día no plantea problemas, pero es zona de obra y conviene mirar dónde se pisa.

Qué es ZAWP y qué se puede visitar

La actividad cultural de la isla no es espontánea: hay una asociación trabajando ahí desde finales de la década de 2000 con la idea explícita de ocupar los edificios mientras dure la transición, en lugar de dejarlos vacíos hasta el derribo. De ahí sale buena parte de lo pintado.

Su nombre es ZAWP, siglas de un proyecto de trabajo artístico en curso, y gestiona espacios en varias naves de la ribera: talleres, sala de conciertos, un teatro instalado en un pabellón industrial y locales de ensayo. No es un museo y no tiene horario de visita continuo.

Para el visitante eso significa dos cosas. La primera es que hay días en que se puede entrar a patios y edificios y días en que no. La segunda es que merece la pena mirar la programación antes de ir: una tarde con actividad abierta cambia por completo lo que se puede ver.

El modelo tiene la misma lógica que otros espacios europeos de ocupación negociada, con la diferencia de que aquí la fecha de salida está escrita en el plan urbanístico desde el principio. Es un caso claro de colectivo que se organiza para sostener un espacio con caducidad conocida.

Los muros efímeros: cuáles caen y cuáles llevan años en pie

Distinguir unos de otros es sencillo si se sabe qué mirar, y ahorra el disgusto de buscar algo que ya no existe.

  • Lo que se queda. Medianeras de edificios de vivienda en la ladera, muros de contención municipales y fachadas de equipamientos. Tienen permiso, suelen estar firmadas y llevan años sin repintar.
  • Lo que dura una temporada. Cierres de obra, contrachapado, vallas y persianas de local vacío. Se renuevan solos cada pocos meses.
  • Lo que desaparece de golpe. Todo lo pintado sobre naves de la isla incluidas en la siguiente fase de derribo. Aquí no hay repintado: hay excavadora.

La consecuencia práctica es que una lista de puntos concretos envejece muy rápido en la isla y muy despacio en la ladera. Para la mitad de la tarde conviene planificar por zonas y no por piezas.

Hay una excepción que merece atención: cuando una nave con obra grande entra en calendario de derribo, a veces se anuncia con antelación. Los avisos de obra publicados por el ayuntamiento de la ciudad son la fuente más fiable para saberlo.

Tranvía, metro y los puentes que ahorran rodeos

La red urbana es pequeña y muy legible. El tranvía recorre la ría por el centro y sirve para el arranque de la mañana; el metro tiene dos líneas que van por las dos orillas y resuelve el traslado del mediodía en menos de un cuarto de hora.

El billete es una tarjeta recargable que vale para tranvía, metro y autobús urbano, con descuento por transbordo. Para un día completo salen unos pocos euros en total, y la información de tarifas está en la web del operador de metro.

Los puentes son la parte que más tiempo ahorra o más tiempo hace perder. Para pasar del casco antiguo a la ladera basta cualquiera de los bajos. Para entrar en la isla, en cambio, solo hay dos accesos utilizables a pie, uno por el extremo norte desde Deusto y otro por el sur, y equivocarse cuesta un rodeo de veinte minutos largos.

Un apunte que no aparece en los mapas: la isla es plana pero no tiene atajos. No se puede cruzar de una orilla a otra por el medio en varios tramos, porque el interior está ocupado por parcelas cerradas.

La luz de la ría y las horas que funcionan

Frente de agua urbano bajo cielo cubierto con luz difusa y sin sombras marcadas
Biswarup Ganguly / CC BY 3.0

La ladera de Bilbao La Vieja mira al noroeste y tiene la mayoría de sus calles orientadas transversalmente a la pendiente. Eso significa sol directo escaso y tardío, y calles en sombra buena parte del día. Para pintura no es un problema: la luz difusa respeta el color y elimina el contraste duro entre planta baja y coronación.

La ribera de la isla mira al oeste y recibe el sol de tarde de frente. Es la única franja del día en que las naves se leen con luz directa, y por eso la tarde está colocada ahí y no al revés.

El factor local que manda sobre todo lo anterior es la meteorología. Aquí llueve mucho y llueve fino, y el cielo cubierto es el estado por defecto durante buena parte del año. Un día gris no arruina la jornada; un día de sol duro a mediodía sí complica la ladera.

Para el otoño hay una regla sencilla: empezar a las nueve y media y aceptar que a las seis y media ya no hay luz utilizable en la isla. Todo lo que no entre en ese margen se queda fuera.

Qué fotografiar y qué conviene dejar

En la ladera se camina por un barrio donde vive gente, con comercio pequeño, portales abiertos y niños en la calle. La pintura está en las fachadas de sus casas, no en un recinto expositivo, y esa diferencia se nota en cómo reacciona la gente ante una cámara.

Fotografiar el muro no plantea ningún conflicto. Fotografiar a las personas que pasan por delante, sin más, sí. La solución práctica es esperar a que el encuadre esté despejado, o pedirlo, que suele funcionar mejor de lo que se teme. Es el mismo criterio que aplica cualquier visitante que no quiere convertir un barrio en decorado.

En la isla el problema es otro: es una zona de obra activa. Hay vallas, maquinaria y tramos con acceso restringido, y saltar un cierre para llegar a un muro no es una travesura, es entrar en un tajo. Lo que se ve desde la calle es mucho, y basta.

Dos cosas más de sentido común. No se pinta encima de nada, evidentemente. Y si hay alguien trabajando en un muro, se mira desde lejos y se pregunta antes de disparar.

Preguntas frecuentes

¿Se puede hacer solo una de las dos mitades?

Sí, y son experiencias distintas. La ladera funciona sola como paseo de media mañana y no exige preparación. La isla necesita más tiempo de desplazamiento y rinde poco si se va con prisa, porque lo que la hace interesante es recorrer la ribera entera.

¿Es seguro andar por Bilbao La Vieja?

De día, sí, sin ninguna precaución especial más allá de las de cualquier barrio céntrico con mucha gente. El barrio arrastra una fama de los años noventa que no se corresponde con lo que hay hoy. De noche la zona de bares está muy transitada.

¿Cuánto tiempo hace falta en total?

Una jornada de nueve horas con la comida incluida cubre las dos mitades sin agobio. En seis horas se hace una versión recortada dejando fuera Zabala y el extremo sur de la isla.

¿Hay algún mapa oficial de los murales?

No existe un inventario municipal completo y actualizado. Lo que hay son mapas colaborativos, publicaciones de las asociaciones del barrio y los perfiles de los propios autores. En la isla, cualquier fuente de más de un año tiene errores.

¿Qué objetivo conviene llevar?

Un ancho para las calles estrechas de la ladera y un tele corto para las medianeras vistas desde la orilla contraria y desde la parte alta. En la isla, con un ancho basta: hay distancia de sobra para retroceder.

¿Cambia mucho en invierno?

La pintura no, pero la luz sí: en diciembre la tarde utilizable en la ribera se reduce a dos horas escasas. A cambio hay menos gente y la luz difusa constante favorece el color de los muros.

Lo que hace especial este recorrido no es la cantidad de pintura, que no es la mayor de la península. Es poder ver, el mismo día y a media hora de distancia, un barrio donde el mural se conserva y otro donde se pinta sabiendo que la pared no llega al final de la década.