Doce libros y documentales que no son solo catálogos con fotos

Pila de libros de gran formato apoyados sobre una mesa de madera junto a una ventana

En la mesa de novedades de cualquier librería grande hay siempre tres o cuatro volúmenes gordos de arte urbano. Tapa dura, papel satinado, doscientas fotografías de murales de todo el mundo y unas cincuenta palabras de texto por página. Se hojean en veinte minutos, se dejan en la estantería y no se vuelven a abrir.

El problema no es que sean malos, es que no hacen nada que no haga mejor una búsqueda de imágenes. Un libro de este campo justifica su espacio cuando explica algo: de dónde salió una práctica, cómo se organizaba, quién la peleó y qué se perdió por el camino.

Esta selección son doce títulos, siete impresos y cinco en pantalla, que sobreviven a esa criba. Cada uno viene con lo que aporta, con a quién le sirve y con el motivo por el que sigue mereciendo el tiempo.

Los doce títulos, de un vistazo

Título Año Tipo A quién le sirve
The Faith of Graffiti 1974 Libro Quien quiera el primer intento serio de tomárselo en serio
Getting Up: Subway Graffiti in New York 1982 Libro Quien busque análisis y no imágenes
Subway Art 1984 Libro Cualquiera: es la referencia visual fundacional
Wild Style 1983 Película Quien quiera ver la escena moviéndose
Style Wars 1983 Documental Quien quiera entender el conflicto, no solo la pintura
Spraycan Art 1987 Libro Quien siga el salto del vagón al muro y a Europa
The Art of Rebellion 2003 Libro Quien quiera el paso del graffiti al arte urbano
Wall and Piece 2005 Libro Quien quiera leer el discurso de su autor de primera mano
Bomb It 2007 Documental Quien busque la dimensión global y sus contradicciones
Trespass 2010 Libro Quien necesite el mapa histórico completo
Exit Through the Gift Shop 2010 Documental Quien quiera pensar sobre el mercado y la autoría
Martha: A Picture Story 2019 Documental Quien se pregunte cómo se construyó la imagen del graffiti

El orden de la tabla es cronológico, no de importancia. Leídos en ese orden, los doce cuentan una historia continua de medio siglo, desde el vagón de metro hasta la medianera de encargo.

El criterio de aprobación: qué tiene que hacer un título para entrar

Antes de la lista conviene explicitar la regla, porque es lo que hace útil una selección. Cada título tiene que cumplir al menos dos de estas cuatro condiciones.

  • Aporta contexto que la imagen no da. Explica quién pintaba, con qué medios y contra qué.
  • Tiene una voz identificable. Alguien firma un punto de vista y lo sostiene, aunque sea discutible.
  • Documenta algo que ya no existe. Trenes, muros, prácticas o ciudades que cambiaron.
  • Se puede volver a él. Aguanta una segunda lectura porque hay material debajo de la superficie.

Un volumen de fotografías bien impresas y sin texto no cumple ninguna de las cuatro. Puede ser un objeto bonito, pero no enseña nada que no se pueda ver gratis y mejor ordenado en cualquier archivo en línea.

Los libros de arte urbano que se releen, y los que se hojean una vez

La diferencia práctica entre unos y otros se detecta en treinta segundos, mirando dos cosas: la proporción entre texto e imagen y la existencia de índice o cronología.

Los libros de arte urbano que aguantan tienen pies de foto largos, con lugar, fecha y autoría. Los que no aguantan tienen pies de foto de tres palabras, o directamente no los tienen, y la misma imagen podría estar en cualquier otro volumen del género.

El segundo indicio es el ámbito. Un título que abarca «el arte urbano del mundo» en doscientas páginas no puede decir nada concreto de ningún sitio. Uno que se centra en una ciudad, una década o una práctica sí.

El tercero es la fecha de las imágenes. Si todas son de los últimos cinco años, se está comprando una recopilación de redes sociales encuadernada. La profundidad temporal es lo que separa un archivo de un escaparate.

Los cuatro fundacionales del graffiti neoyorquino

Vagón de metro neoyorquino antiguo detenido en un andén de la ciudad

The Faith of Graffiti, publicado en 1974 con texto de Norman Mailer y fotografías de Jon Naar, es el primer libro que trata la pintura del metro neoyorquino como un fenómeno cultural y no como un problema de limpieza. El texto ha envejecido, las fotos no.

Getting Up: Subway Graffiti in New York, de Craig Castleman, salió en 1982 en un sello universitario y es el más académico de los cuatro. Explica la organización interna de la práctica: las jerarquías, las reglas, la relación con la autoridad del transporte público.

Subway Art, de Martha Cooper y Henry Chalfant, apareció en 1984 y es el libro que más ha influido en la escena de todo el planeta. Sus fotografías de trenes pintados circularon de mano en mano por Europa y establecieron el modelo visual que copiaron generaciones enteras.

Spraycan Art, de Chalfant y James Prigoff, es de 1987 y hace lo que su antecesor no podía: sale de Nueva York. Documenta la práctica ya extendida a otras ciudades estadounidenses y a Europa, justo en el momento del contagio.

Qué aporta cada uno frente a los otros tres

Si solo se va a leer uno, es Subway Art, porque es el que explica por qué todo lo demás existe. Su influencia es un hecho comprobable: en las entrevistas de escritores europeos de los años ochenta y noventa aparece una y otra vez como el objeto que lo desencadenó todo.

Si lo que se busca es entender el funcionamiento social, entonces es Getting Up. Es el único de los cuatro que se ocupa de la estructura, y el que mejor responde a preguntas como quién decidía qué, cómo se aprendía y qué pasaba cuando alguien rompía las reglas.

The Faith of Graffiti vale sobre todo como documento de época. Muestra el momento exacto en que un observador externo con prestigio decide mirar aquello como arte, con todo lo problemático que tiene esa mirada de fuera.

Spraycan Art es el que conecta con lo que interesa a un lector europeo, porque es donde aparecen las primeras piezas de este lado del Atlántico. Ese proceso de llegada está contado con más detalle en el repaso a la historia del arte urbano europeo.

Del vagón al muro: dos títulos que cuentan el salto

The Art of Rebellion, de Christian Hundertmark, publicado en 2003, documenta el momento en que la práctica deja de ser exclusivamente de letras y se llena de imágenes: plantillas, pegatinas, carteles, intervenciones. Es el registro del cambio de vocabulario.

Su valor está en la cronología. Salió cuando el término «arte urbano» empezaba a usarse para distinguir aquello del graffiti clásico, y recoge esa transición sin la perspectiva cómoda de quien mira veinte años después.

Trespass: A History of Uncommissioned Urban Art, editado en 2010, es el más ambicioso de la lista y el único que intenta un mapa histórico completo, desde las intervenciones de los años sesenta hasta el muralismo de gran formato.

Es un libro grande y caro, del tipo que se consulta más que se lee, pero cumple una función que ningún otro cubre: sitúa cada práctica en su década y en su contexto político. Para quien quiera entender el vocabulario que usa, conviene tener a mano el glosario de términos de la escena.

Banksy en papel: qué se aprende y qué no

Wall and Piece, de 2005, es el libro más vendido del campo con mucha diferencia y por eso se descarta a menudo por esnobismo. Es un error: hay pocos sitios donde el discurso de su autor esté formulado por él mismo con tanta claridad.

Lo que aporta es el argumento. La defensa de la pintura no autorizada, la crítica a la publicidad exterior, la idea de que el espacio público ya está tomado por mensajes que nadie eligió: todo eso está ahí, escrito en primera persona y con humor.

Lo que no aporta es contexto histórico ni información sobre nadie más. Es un libro de autor sobre su propia obra, con la selección y el relato que a él le conviene, y leerlo como historia del arte urbano británico lleva a conclusiones equivocadas.

Sirve, eso sí, para entender por qué el mercado del arte urbano funciona como funciona. La relación entre obra callejera, edición limitada y galería está desarrollada en el texto sobre cómo se compra arte urbano en Europa.

Los dos títulos de 1983 que fijaron la imagen

Proyector de cine antiguo con la bobina montada en una sala en penumbra
Lowdown / CC BY-SA 4.0

Style Wars es el documental fundacional. Rodado en Nueva York a principios de los ochenta y emitido en televisión pública estadounidense, filma a los escritores pintando, a los responsables del transporte quitando pintura y a los vecinos opinando de todo ello.

Su fuerza está en que no toma partido de forma cómoda. Aparecen los pintores, aparece el alcalde, aparecen las madres preocupadas y aparece el coste de la limpieza, y el conflicto queda expuesto tal cual era.

Wild Style, del mismo año, es ficción, no documental, y esa distinción importa. La historia es endeble, pero está interpretada por gente real de la escena, rodada en escenarios reales y con la música del momento, así que funciona como registro etnográfico involuntario.

Verlos seguidos es el mejor uso posible: uno enseña el conflicto y el otro el ambiente, y entre los dos se compone una imagen bastante completa de un momento que duró muy poco y del que casi todo lo demás son recuerdos de segunda mano.

El mercado y el mito: dos películas incómodas

Exit Through the Gift Shop, de 2010, es la más discutida de la lista, y su interés está justamente en la discusión. Cuenta la historia de un aficionado que graba a artistas de calle y acaba convertido él mismo en artista de éxito comercial.

La película nunca aclara del todo cuánto hay de documental y cuánto de montaje, y esa ambigüedad es el argumento. Plantea con eficacia una pregunta difícil: qué distingue a un artista reconocido de alguien que reproduce sus gestos con más presupuesto.

Bomb It, de 2007, hace lo contrario: sale a buscar la práctica por varios continentes y muestra contextos muy distintos, desde ciudades europeas hasta lugares donde pintar tiene consecuencias legales graves.

Su límite es el que tiene cualquier panorámica: pasa rápido por todas partes y no profundiza en ninguna. Su virtud es que desmonta la idea de que el graffiti es un fenómeno estadounidense exportado, y muestra que las escenas locales tienen causas propias y calendarios distintos.

Quién fotografió todo aquello

Martha: A Picture Story, de 2019, es un retrato de la fotógrafa Martha Cooper, coautora de Subway Art, y es el título más reciente de la selección.

Lo que hace bien es enseñar el otro lado del archivo. Las fotografías que fundaron la iconografía del graffiti las hizo alguien con un trabajo, unas dificultades concretas y una posición incómoda dentro de una escena que no era la suya.

Interesa especialmente a quien fotografía murales hoy, porque plantea las preguntas que siguen vigentes: qué relación tiene quien documenta con quien pinta, quién se queda con el reconocimiento y qué pasa cuando el archivo vale más que la obra.

También cumple una función de justicia elemental. Buena parte de la historia contada de este campo está escrita en masculino, y la aportación de las mujeres suele quedar en nota al pie, un desequilibrio que también recorre la nómina de artistas europeas en activo.

Lo que descarto, y por qué

Fuera quedan tres categorías enteras, y conviene decir cuáles para que el criterio sea comprobable.

La primera son los volúmenes panorámicos sin autor visible, esos títulos con nombre genérico que recopilan murales de cincuenta ciudades sin decir quién los pintó ni cuándo. No aportan información: aportan superficie impresa.

La segunda son las monografías promocionales, hechas con y para el artista retratado, sin ninguna distancia crítica. Sirven como catálogo de obra y no como lectura, y el precio rara vez lo justifica.

La tercera son las recopilaciones de imágenes de redes sociales encuadernadas. Se reconocen porque todas las fotos son recientes, todas están tomadas de frente y ninguna tiene pie de foto con dato verificable.

Hay un cuarto descarte más discutible: los manuales de técnica. Son útiles para quien pinta, pero no cuentan nada del campo, y este listado va de entender, no de aprender a manejar un bote.

Dónde encontrarlos sin comprarlos

Estanterías de una biblioteca pública con volúmenes de gran formato ordenados

Casi todos estos títulos están en el sistema público de bibliotecas, y varios de los libros son caros o están descatalogados, así que empezar por ahí ahorra bastante dinero.

El camino más rápido es el catálogo colectivo: se busca el título una sola vez y devuelve todas las bibliotecas de la red que lo tienen. Cuando el ejemplar está en otra provincia, el préstamo interbibliotecario lo trae, con un plazo de una a tres semanas y un coste bajo o nulo según la comunidad.

Las bibliotecas de escuelas de arte y diseño son el segundo recurso, y suelen tener los títulos que la red general no cubre. Muchas permiten consulta en sala a personas ajenas al centro, aunque no el préstamo.

Para los documentales, las filmotecas y las plataformas de préstamo digital vinculadas a las bibliotecas públicas cubren buena parte del catálogo. El depósito legal y los fondos de referencia se consultan en la Biblioteca Nacional de España, que es también el sitio donde comprobar si existe edición traducida de un título antes de comprarlo en inglés.

Cómo ordenar la lectura según lo que se busque

Quien empieza de cero y quiere una base rápida: Subway Art y Style Wars, en ese orden y con pocos días de diferencia. Con esas dos horas de dedicación se entiende el origen entero.

Quien fotografía murales y quiere pensar sobre lo que hace: Martha: A Picture Story primero, y después The Faith of Graffiti por la relación entre mirada externa y práctica ajena.

Quien viaja a ver muralismo contemporáneo europeo: Spraycan Art para el origen del contagio, The Art of Rebellion para el cambio de vocabulario y Trespass como referencia de consulta.

Y quien quiera discutir sobre legalidad, mercado y autoría, que son las tres conversaciones que siempre acaban apareciendo: Wall and Piece, Exit Through the Gift Shop y Getting Up, que aportan tres posiciones muy distintas sobre el mismo asunto.

Preguntas frecuentes

¿Hay que leerlos en inglés?

Varios de estos títulos circulan solo en su edición original, y otros tienen traducción. Antes de comprar en inglés conviene buscar el título en el catálogo de bibliotecas, que indica el idioma de cada ejemplar disponible.

¿Merece la pena comprar un libro de fotografías de murales?

Solo si los pies de foto llevan lugar, fecha y autoría. Sin ese dato, el mismo contenido está disponible mejor ordenado y gratis, y el volumen acaba siendo un objeto decorativo caro.

¿Por qué no aparece ningún título español en la lista?

Porque la selección busca los títulos que explican el origen y la expansión del campo, y ese relato se escribió sobre todo en el mundo anglosajón. Hay publicaciones locales interesantes, pero funcionan como documentación de una escena concreta, no como puerta de entrada.

¿Los documentales antiguos siguen sirviendo?

Sirven más que muchos recientes. Filman una práctica en el momento en que ocurría, con sus protagonistas vivos y sin la reconstrucción posterior, y ese material no se puede volver a rodar.

¿Cuál sería el primero de los doce?

Style Wars, por una razón práctica: dura poco más de una hora, se ve de una sentada y deja claro desde el principio que este campo va de conflicto urbano y no solo de imágenes bonitas en una pared.

Doce títulos son pocos para medio siglo de práctica en dos continentes, y esa es la idea: una lista corta que se pueda terminar, con la información suficiente para leer con criterio cualquier muro que aparezca después en un viaje.