Borås pinta pocos muros al año y acierta casi siempre

Calle céntrica de una ciudad sueca con edificios bajos y fachadas de ladrillo claro

Un festival europeo de muralismo medio produce entre veinte y cuarenta muros por edición. Borås, una ciudad textil del oeste de Suecia con poco más de cien mil habitantes en su municipio, produce un puñado. A veces tres, a veces cinco. Y sin embargo su colección acumulada aparece en casi cualquier conversación seria sobre muralismo nórdico.

La explicación no es misteriosa: cuando el presupuesto se reparte entre pocas paredes, cada pared recibe elevadora durante días, material bueno, una estancia larga del artista y un trabajo de preparación que en los festivales intensivos sencillamente no cabe. El resultado se nota a diez años vista, que es cuando de verdad se juzga un mural.

Lo interesante para quien viaja es que ese modelo produce un mapa estable. En Borås no hay que comprobar si la obra sigue en pie con la misma angustia que en Berlín o en Lisboa, porque casi todo lo que se pintó sigue ahí y con mantenimiento detrás.

Ficha rápida del proyecto

  • Dónde. Borås, provincia de Västra Götaland, en el oeste de Suecia, a unos sesenta kilómetros de Gotemburgo.
  • Desde cuándo. Arrancó en 2014 y ha mantenido desde entonces una periodicidad variable, en algunas etapas anual y en otras cada dos años.
  • Quién lo dirige. El comisariado ha estado en manos del artista Shai Dahan, afincado en la ciudad.
  • Cuántos muros. Pocos por edición, con obra de gran formato en fachadas de bloque y en edificios del centro.
  • Qué pasa después. La obra se queda. No hay rotación ni repintado programado.

Cómo funciona el festival No Limit Borås

El festival No Limit Borås nació en 2014 con una premisa contraria a la de la mayoría de encuentros de su generación: en lugar de convocar a decenas de pintores para llenar un barrio en una semana, seleccionar a unos pocos y darles condiciones de producción reales.

Eso implica una cadena de trabajo que empieza mucho antes de la semana pública. Hay que localizar fachadas disponibles, negociar con la propiedad, tramitar permisos, contratar elevadoras, calcular metros cuadrados y pedir material con antelación. En un festival de cuarenta muros ese trabajo se reparte y se abrevia; en uno de cuatro, se hace a fondo para cada uno.

La estructura de propiedad sueca ayuda más de lo que parece. Buena parte del parque de vivienda en alquiler pertenece a empresas municipales, de modo que la autorización de una medianera la decide una sola entidad y no una comunidad de propietarios con veinte firmas. Es una diferencia administrativa aburrida que explica por qué en el norte de Europa se pinta más rápido que en el sur.

El otro pilar es la financiación mixta. Al presupuesto municipal se suman patrocinios locales y aportaciones de las empresas propietarias de los edificios, y esa mezcla es la que permite mantener el proyecto vivo aunque cambie el color político del ayuntamiento.

Conviene entender también qué no es. No es un encuentro de graffiti ni un espacio de pintura libre: es un programa de encargo, con contrato, boceto aprobado y calendario. El artista no llega a improvisar sobre una pared vacía; llega con un proyecto que la propiedad ya ha visto. Esa formalidad es lo que hace posible pintar medianeras de bloques habitados sin conflicto, y es también lo que le resta espontaneidad frente a un festival de muro libre.

Por qué pintar poco es una decisión de producción

Un mural de doce plantas no es un mural de tres plantas hecho más grande. Cambia todo: hace falta plataforma articulada o cesta, seguro específico, formación de altura, más días de alquiler de maquinaria y un margen de meteorología que puede comerse la mitad del calendario.

El alquiler de la elevadora suele ser la segunda partida más cara de una producción mural, después de los honorarios. Un festival que quiere cuarenta muros los reparte entre paredes bajas y accesibles, porque no puede pagar cuarenta máquinas. Uno que quiere cuatro puede permitirse que los cuatro sean monumentales.

Modelo Muros por edición Recursos por muro Qué ocurre al año siguiente
Festival intensivo 20 a 60 Bajos; paredes accesibles y jornadas cortas Rotación alta, se repinta encima
Festival medio 8 a 15 Medios; mezcla de formatos Convivencia de obra fija y rotativa
Encargo lento 1 a 5 Altos; elevadora, estancia larga y material específico Permanencia con presupuesto de mantenimiento
Muro libre Sin límite Nulos, el material lo pone quien pinta Se repinta en cuestión de días

Borås se sitúa de lleno en la tercera fila, igual que el programa alemán que produce una fachada al año en Mannheim. Son dos formas distintas de llegar a la misma conclusión: la permanencia cuesta dinero y hay que presupuestarla desde el principio.

Una ciudad que ya invertía en arte público

El muralismo no aterrizó aquí en tierra virgen. Borås llevaba décadas colocando escultura contemporánea en sus calles y plazas, con una colección pública notable para el tamaño de la ciudad y una bienal internacional dedicada al género.

La pieza más conocida es un Pinocho de bronce de varios metros instalado en el centro en 2008, obra del estadounidense Jim Dine, que se ha convertido en el símbolo visual de la ciudad. Que una ciudad mediana sueca aceptara y financiara algo así dice bastante sobre el terreno cultural que después recibió los murales.

A eso se suma el pasado industrial. Borås fue el centro textil de Suecia, y ese legado sigue vivo en un museo dedicado al textil y en un centro que ocupa antiguas instalaciones fabriles reconvertidas en espacio de diseño, formación y exposición. La ciudad tenía, por tanto, edificios grandes, superficies ciegas y una relación cómoda con la idea de reutilizar lo industrial.

Merece la pena señalar el contraste con el resto del país. En Suecia la tolerancia hacia el graffiti no autorizado ha sido históricamente baja, con políticas municipales de tolerancia cero vigentes durante años en la capital. El muralismo por encargo creció, en parte, dentro de ese hueco.

Ese antecedente escultórico explica además una diferencia de expectativa que sorprende al visitante del sur. Aquí la gente no discute si un mural es arte o vandalismo, porque la ciudad lleva medio siglo aceptando piezas contemporáneas en el espacio público y el debate se agotó hace tiempo. La conversación local va por otro lado: si la pared elegida era la adecuada, si el motivo dice algo del sitio y si el dinero público está bien empleado. Son preguntas de calidad, no de legitimidad.

Qué queda instalado de forma permanente

La respuesta corta es que casi todo. La colección acumulada desde 2014 sigue en las fachadas donde se pintó, y esa continuidad es la característica que distingue al proyecto de cualquier festival de rotación.

La permanencia, sin embargo, no es gratis ni automática. Exige revisar el estado de la pintura, decidir qué se hace cuando aparece una fisura en el revoco y llevar un registro de qué se pintó, con qué producto y sobre qué soporte. Sin ese archivo técnico, una restauración a diez años vista se convierte en una reinvención.

Hay además una decisión que divide a los técnicos: aplicar o no barniz antigraffiti sobre la obra terminada. Protege frente a pintadas y frente al agua, pero altera el acabado, cambia el brillo y complica cualquier intervención posterior. En muros de mucha altura el riesgo de pintada es bajo y esa capa deja de ser necesaria.

Para el visitante, el efecto práctico es que las listas de obra envejecen bien. Aun así, la cautela de siempre sigue valiendo: un derribo, una rehabilitación energética o un cambio de propiedad pueden llevarse por delante cualquier fachada, también aquí.

Vale la pena mirar cómo envejece una pieza cuando lleva años puesta, porque enseña bastante. El primer síntoma suele ser el desvaído desigual: la mitad superior de la fachada, más expuesta, pierde intensidad antes que la parte baja protegida por edificios de enfrente. El segundo son las manchas de escorrentía bajo alféizares y remates, líneas verticales de suciedad que siguen el recorrido del agua de lluvia. Ninguno de los dos es un fallo del artista; son la respuesta normal de una pintura exterior al clima, y en un proyecto que apuesta por la permanencia forman parte del resultado.

Pintar a 57 grados de latitud

Plataforma elevadora desplegada junto a una fachada alta durante una jornada de trabajo

La ventana de trabajo en esta latitud es estrecha. Entre finales de primavera y principios de otoño hay temperatura suficiente para que la pintura cure bien; fuera de ahí, la humedad y el frío arruinan la adherencia y multiplican los días perdidos.

Como compensación, el verano nórdico regala jornadas larguísimas de luz. Una cuadrilla puede trabajar muchas más horas seguidas que en el sur de Europa, y eso permite terminar una fachada grande en menos días naturales aunque el calendario global sea más corto.

El enemigo real no es el frío del invierno, es el ciclo de hielo y deshielo. El agua entra en el poro del revoco, se congela, expande y desprende la capa superficial con la pintura encima. Por eso la preparación del soporte y la elección de un sistema de pintura permeable al vapor pesan aquí más que en cualquier fachada mediterránea.

La radiación ultravioleta, en cambio, es un problema menor. Los colores saturados aguantan bastante mejor su intensidad que en Andalucía o en el sur de Italia, lo que explica que el muralismo nórdico se permita paletas más vivas sin miedo a que se apaguen en tres veranos.

Cuándo ir y qué esperar fuera de la semana del festival

Hay dos viajes distintos. Uno es ir durante la producción, con andamios montados, artistas trabajando y actividades alrededor; el otro es ir cualquier otro día del año a ver la colección terminada.

El primero tiene el atractivo del proceso y el inconveniente de que la mitad de los muros estarán a medias. Además el alojamiento en una ciudad de este tamaño escasea en la semana grande, así que se reserva con meses de antelación o se duerme en Gotemburgo y se viaja cada día.

El segundo es más recomendable para la mayoría. La obra está terminada, no hay vallas, no hay gente delante del encuadre y se puede recorrer con calma. De mayo a septiembre la luz acompaña; en pleno invierno hay pocas horas útiles y el gris del cielo, que favorece el color, viene acompañado de lluvia frecuente.

El calendario exacto de cada edición se publica en los canales del propio proyecto y en la web del ayuntamiento de Borås. Conviene mirarlo ahí y no en listas de terceros, que arrastran fechas viejas con una facilidad asombrosa.

Cómo se llega desde Gotemburgo

Borås está a unos sesenta kilómetros al este de Gotemburgo y el tren regional cubre el trayecto en algo menos de una hora, con frecuencias buenas durante todo el día. También hay autobuses interurbanos que hacen el mismo recorrido y que a veces salen más baratos.

El aeropuerto principal de la región queda justo entre las dos ciudades, lo que permite una jugada útil: aterrizar, ir directamente a Borås, dedicar el día a los murales y dormir después en Gotemburgo. Se ahorra una noche y un traslado.

Una vez en la ciudad no hace falta transporte urbano. El centro es compacto, el río la atraviesa y prácticamente todo el recorrido mural cabe en un radio caminable desde la estación. Quien encadene ciudades escandinavas puede enlazar con la escena de Copenhague y Malmö en un salto de tren razonable.

Para quien monta un viaje alrededor de calendarios, el sitio tiene el repaso a los festivales europeos más relevantes, que ayuda a encajar fechas sin cruzar media Europa dos veces.

Ruta de un día por el centro

Plaza céntrica de una ciudad sueca con bancos, farolas y edificios de principios de siglo

Una jornada basta y sobra. El recorrido razonable son dos o tres kilómetros a pie, sin desnivel apreciable, con la estación como punto de partida y de regreso.

El orden que funciona es empezar por las fachadas orientadas al este a primera hora, cruzar hacia el río a media mañana y dejar para la tarde los muros que reciben luz de poniente. En una ciudad pequeña esa planificación por orientación es fácil de hacer y marca la diferencia entre fotos utilizables y contraluces.

Entre muro y muro caben dos paradas de interior que encajan bien con el tema: el museo de arte de la ciudad y el complejo textil reconvertido, ambos en el centro. Sirven además de refugio cuando llueve, que en esta parte de Suecia ocurre con frecuencia y sin avisar.

Un consejo de encuadre: muchas de estas fachadas están en calles anchas o frente a espacios abiertos, algo poco habitual en Europa. Aprovecha esa distancia. Aquí sí se puede fotografiar un mural de doce plantas de frente y sin corregir perspectiva después.

Si el día se alarga, la periferia inmediata guarda algún muro suelto fuera del núcleo peatonal, alcanzable en autobús urbano o en un paseo de veinte minutos. No es imprescindible, pero completa la idea del proyecto: la obra no se concentró solo en el escaparate del centro, también fue a parar a barrios de vivienda donde la fachada pintada la ve cada día gente que no vino a verla.

Qué enseña el modelo a otras ciudades

La primera lección es que una ciudad mediana no compite por volumen. Borås nunca iba a tener la densidad de Berlín ni la escena autogestionada de Lisboa, así que jugó otra partida: menos obra, mejor producida y conservada. El resultado es un destino con identidad propia.

La segunda es que la permanencia hay que financiarla. Un mural sin partida de mantenimiento es un mural con fecha de caducidad silenciosa, y la mayoría de programas municipales europeos siguen presupuestando la producción y olvidando los diez años siguientes.

La tercera es que el comisariado importa tanto como el presupuesto. Con cuatro muros no hay margen de error: cada elección de artista y de pared se ve. Eso obliga a un criterio explícito, y un criterio explícito es justo lo que le falta a muchos festivales que programan por disponibilidad de agenda.

La contrapartida es real y conviene decirla. Un modelo de pocos muros y encargo cerrado deja fuera a la escena local emergente, que en festivales masivos como el de Bristol encuentra hueco para pintar. Cada modelo resuelve un problema y crea otro.

Preguntas frecuentes

¿Merece la pena el viaje si no coincido con el festival?

Sí, y para la mayoría es la mejor opción. La obra es permanente, así que fuera de la semana de producción se ve terminada, sin vallas ni maquinaria, y con la ciudad funcionando a ritmo normal.

¿Cuántos muros hay en total?

La colección se ha ido acumulando desde 2014 con unas pocas piezas por edición, de modo que la cifra crece despacio y depende del año. El listado actualizado conviene consultarlo en los canales del proyecto antes de viajar.

¿Se puede ver todo en medio día?

Con prisa, sí. Pero medio día obliga a caminar en el orden equivocado respecto a la luz, y en un destino donde el atractivo es la calidad de cada pieza, eso desaprovecha el viaje. Una jornada completa es la medida correcta.

¿En qué se parece al modelo noruego de Stavanger?

En el tamaño reducido del cartel y en el peso del comisariado. Se diferencian en el enfoque: la propuesta noruega es más conceptual y efímera, mientras que el festival de Stavanger juega con la intervención pequeña y aquí manda la fachada monumental permanente.

¿Hay muros libres para pintar en la ciudad?

El proyecto es de encargo y no funciona como zona de pintura libre. Quien busque un muro legal donde practicar debe informarse en el ayuntamiento, porque la normativa sueca sobre pintada no autorizada es estricta y varía de un municipio a otro.

Borås no es un destino espectacular por acumulación, y esa es justamente la gracia. Se sale de allí con cinco o seis imágenes en la cabeza en lugar de con cuarenta borrosas, que a la larga es un canje bastante ventajoso.