Qué queda por ver en Bolonia diez años después del borrado

bologna street facade

La imagen que circula de Bolonia desde 2016 es la de un muro gris. Aquella primavera, varias de las fachadas más conocidas de la ciudad amanecieron cubiertas de pintura plana, y esa fotografía ha ocupado desde entonces todo el espacio disponible cuando se habla de arte urbano en la capital emiliana.

Diez años después, la pregunta útil ya no es qué pasó. Es qué hay ahora en las calles, dónde se ha ido concentrando lo que se pinta y por qué el mapa actual tiene la forma que tiene, con el centro casi vacío y la periferia norte llena.

Esta ruta recorre las cuatro zonas que sostienen hoy la escena, con lo que se perdió, lo que sobrevivió y lo que se ha hecho después. Se anda en una jornada larga y se entiende mejor con el orden que sigue.

El mapa actual en cuatro zonas

Zona Qué hay Formato Tiempo Duración de la obra
Bolognina Medianeras, muros de patio y persianas Grande y mediano 90 a 120 minutos Años, con bajas
Ravone y recintos reconvertidos Naves, muros de recinto y superficies de skate Muy grande 60 minutos Rotación por programación
Zona universitaria Papel pegado, pegatina, escritura Pequeño 45 minutos Semanas
Cirenaica y este Muros de memoria y rótulos cerámicos Mediano 45 minutos Estable

El centro histórico queda casi fuera del recorrido, y no por casualidad. Es la clave de todo lo demás.

Qué se perdió en 2016 y qué cambió en la calle

El episodio es conocido y se resume en dos frases: un artista de la ciudad cubrió de gris su propia obra en varias fachadas, en protesta contra una exposición que mostraba murales arrancados de sus muros originales y expuestos como piezas de galería. La discusión de fondo era sobre quién decide el destino de una pintura hecha en la calle.

Interesa aquí solo por sus consecuencias, que son cuatro y todas visibles todavía.

Lo que interesa ahora es el efecto material. Desaparecieron algunas de las piezas de mayor formato de la ciudad, incluidas varias que funcionaban como referencia visual de sus barrios. Los muros siguen ahí, pintados de un gris uniforme que la lluvia y la contaminación han ido manchando, y que hoy se lee como una superficie neutra más.

El segundo efecto fue político. Durante un par de años, cualquier propuesta de mural en la ciudad arrastró la sospecha de estar sirviendo a intereses ajenos al barrio, y eso frenó programas que estaban en marcha. Se produjo menos y con más discusión previa.

El tercero, y el más duradero, es de reputación. Bolonia dejó de aparecer en las listas de ciudades europeas de muralismo justo cuando otras italianas entraban en ellas. Esa ausencia no se corresponde con lo que hay hoy en la calle, y es la razón de esta ruta.

Bolognina, el barrio que quedó de epicentro

Bolognina empieza justo detrás de la estación central, al otro lado de las vías, y es el barrio obrero que creció con el ferrocarril a finales del siglo XIX. Manzanas regulares, edificios de cuatro y cinco plantas, talleres en planta baja y una densidad de población alta.

Concentra hoy la mayor parte de la pintura de la ciudad por las mismas razones de siempre: medianeras ciegas, propiedad repartida, tejido asociativo activo y ninguna protección patrimonial que impida intervenir una fachada.

El recorrido natural sale del paso bajo la estación y sube por via Fioravanti, sigue hacia via Tibaldi y va cruzando hacia via Ferrarese y via di Corticella. Son calles largas y rectas: conviene ir en zigzag por las transversales, donde están los muros de patio que no se ven desde el eje principal.

En via Fioravanti estuvo el centro social que durante veinte años funcionó como motor de buena parte de lo que se pintaba en el barrio, desalojado y demolido a finales de la década pasada. El solar y su entorno explican por qué hay tramos con mucha obra seguidos de tramos vacíos.

Aviso práctico: aquí las persianas metálicas de los comercios sostienen una parte importante de la pintura de formato pequeño, así que hay un circuito paralelo que solo aparece con los negocios cerrados. Domingo por la mañana y primera hora de la tarde.

El barrio tiene además una capa que no es muralismo y conviene mirar. Los pasos bajo las vías, los muros de contención junto al ferrocarril y los laterales de los bloques concentran escritura clásica, con piezas de letras de la escena local y de gente de paso. Es el sustrato del que salió todo lo demás y sigue activo.

Y hay obra en equipamientos: institutos, polideportivos y centros de barrio con fachadas pintadas dentro de programas municipales o escolares. Suele ser figuración amable y de calidad desigual, pero está bien conservada y ayuda a entender qué tipo de pintura financia hoy una administración local italiana.

Los muros que dejó Frontier

En 2012, un proyecto llamado Frontier repartió por la ciudad una serie de intervenciones de gran formato con artistas de la escena italiana y de fuera. Fue el intento más ambicioso de muralismo público que ha tenido Bolonia y sigue siendo la referencia de la que todo el mundo habla.

De aquel conjunto queda una parte. Algunas piezas se perdieron en el borrado de 2016, otras han caído con rehabilitaciones de fachada y varias siguen en pie, en distinto estado de conservación, repartidas entre Bolognina y los bordes del centro.

El interés de buscarlas no es solo la obra. Es que permiten leer la generación local que las produjo: un ecosistema con raíces en el graffiti de los años ochenta y noventa, con nombres como Cuoghi Corsello, cuyo perro estarcido lleva décadas apareciendo en muros y andenes de la ciudad, o los escritores clásicos de la escena boloñesa que después pasaron al gran formato.

Un consejo de método: antes de desviarse por una pieza concreta de aquel proyecto, hay que verificarla con material fechado de los últimos meses. La tasa de bajas en catorce años es alta y las guías antiguas siguen circulando sin corregir.

CHEAP: papel pegado que no aspira a durar

Cartel pegado sobre un panel publicitario callejero con los bordes ya despegados

Si algo distingue a Bolonia de otras ciudades italianas es que su proyecto de arte urbano más reconocible no pinta muros. CHEAP es un colectivo formado por mujeres, activo desde principios de la década pasada, que trabaja con papel sobre los soportes publicitarios repartidos por la ciudad.

El planteamiento tiene consecuencias interesantes. El soporte es legal y regulado, así que no hay conflicto de propiedad; el material es barato, lo que permite producir mucho; y la obra dura semanas, porque el cartel siguiente la tapa. La caducidad no es un accidente, es parte del proyecto.

Los contenidos son declaradamente políticos, con el cuerpo, el trabajo y la posición de las mujeres en el espacio público como ejes recurrentes. Es, en la práctica, la voz feminista más visible de la calle boloñesa, en la línea de lo que documentamos sobre las artistas que están cambiando la escena europea.

Para verlo hay que cambiar la manera de mirar. No se busca la medianera: se buscan los paneles verticales a la altura de la vista, en aceras, junto a semáforos y en los ejes de más paso. Están por todo el centro y por Bolognina, y en un paseo de media hora se encuentran varios.

Y hay que asumir la lotería. Lo que se ve depende de la campaña en curso, y una visita puede coincidir con un momento de poca actividad. Es la contrapartida de un formato que se renueva constantemente.

Dónde quedan murales en Bolonia después de 2016

Los murales en Bolonia se han desplazado hacia fuera, y ese desplazamiento tiene una causa física antes que política: en el centro histórico no hay pared disponible.

La ciudad está construida sobre kilómetros de soportales que en 2021 entraron en la lista del patrimonio mundial. Ese sistema de pórticos ocupa la planta baja de casi todas las calles del centro, y lo que queda de fachada está protegido por normativa de conservación. El resultado es que a nivel de calle apenas existe superficie continua e intervenible.

Así que la pintura se ha ido a donde hay muro: al norte de las vías, a los antiguos recintos industriales y ferroviarios, a los polideportivos, a los institutos y a los pasos elevados. Y en el centro sobrevive en los formatos que no necesitan pared grande, que son el papel, la pegatina y la escritura.

Este reparto no es exclusivo de aquí. Sucede en todas las ciudades italianas con centro protegido, y es una de las claves para entender cómo se ha desplazado el muralismo europeo en las últimas décadas: la pintura sigue a la superficie disponible, no al revés.

Cómo encadenar las cuatro zonas a pie

  1. Salida de la estación central por el lado norte, hacia Bolognina. Cinco minutos.
  2. Bolognina, de hora y media a dos horas, en zigzag entre los ejes principales y las transversales.
  3. Vuelta hacia el oeste bordeando las vías hasta el antiguo apeadero de mercancías del Ravone. Veinte minutos.
  4. Recinto del Ravone, una hora, incluidas las superficies de la pista de patinaje.
  5. Entrada al centro hacia la zona universitaria, treinta minutos de camino con paneles de cartel por medio.
  6. Zona universitaria, cuarenta y cinco minutos entre via Zamboni y las calles de alrededor.
  7. Cirenaica, si queda luz, a veinte minutos andando hacia el este.

Son entre siete y ocho kilómetros y una jornada completa. Partirlo en dos medias jornadas funciona mejor: Bolognina y Ravone por la mañana de un día, centro y este por la tarde del siguiente.

El Ravone y los patios reconvertidos

Antiguo apeadero de mercancías reconvertido en recinto cultural con naves y muros pintados
Roy Luck / BY 2.0

Al oeste de la estación, el antiguo apeadero de mercancías del Ravone se reconvirtió hace unos años en un recinto cultural de gran tamaño, con naves rehabilitadas, espacio para conciertos, huerto, cancha y una zona de patinaje. Y con mucho muro.

Aquí la pintura funciona de otra manera. No es obra de calle tolerada ni encargo de fachada: es superficie gestionada por un operador que programa qué se pinta y cuándo. Eso da piezas grandes, bien producidas y con andamiaje, y una rotación que sigue el calendario de actividades del recinto.

El acceso depende de la programación, así que conviene comprobar horarios de apertura antes de acercarse. Es el punto del recorrido que más fácilmente se falla por llegar en día cerrado.

Lo interesante para quien viene de Bolognina es el contraste. Media hora andando separa el muro negociado con un vecino de una superficie de doscientos metros cuadrados asignada por un programa cultural. Los dos modelos conviven en la misma ciudad y producen obra muy distinta, un fenómeno que también se ve con claridad en los festivales que han transformado ciudades pequeñas del sur.

Cirenaica: pintura y memoria en la misma calle

Al este del centro hay un pequeño barrio conocido como la Cirenaica, cuyas calles llevaron nombres de topónimos coloniales italianos en el norte de África y fueron rebautizadas después con nombres de partisanos. Sobre las fachadas hay placas cerámicas que recuerdan la denominación anterior.

Es una zona pequeña, de casas bajas, y no tiene la densidad de Bolognina. Lo que ofrece es otra cosa: una lectura de cómo un barrio decide qué inscribe en sus muros, con la placa, el rótulo y la pintura funcionando como capas del mismo relato.

La visita es corta, de tres cuartos de hora, y encaja bien al final de la jornada porque queda camino de las salidas del este. Conviene recorrerla despacio y leyendo, que es lo contrario de lo que pide una ruta de grandes fachadas.

A muy poca distancia, la zona universitaria completa el cuadro por el otro extremo del espectro. Alrededor de las sedes de la universidad de la ciudad, en via Zamboni y las calles adyacentes, se acumulan capas de cartel, pegatina y escritura política que se renuevan cada pocas semanas.

Cómo moverse con las obras del tranvía

Bolonia lleva un par de años con la construcción de su primera línea de tranvía en marcha, y las obras afectan a ejes que este recorrido cruza, entre ellos el que une el centro con Bolognina por el puente sobre las vías.

El efecto práctico es de tres tipos. Hay aceras estrechadas o cortadas, hay paradas de autobús desplazadas de su sitio habitual y hay vallas de obra que tapan tramos de muro pintado durante meses.

La respuesta sensata es andar. Las distancias del recorrido son abordables a pie, y el paso peatonal bajo la estación conecta el centro con Bolognina sin depender de ninguna línea. Para los tramos largos, el autobús urbano funciona, pero conviene comprobar desvíos el mismo día.

Una nota sobre la propia estación: junto a la sala de espera se conserva el memorial de la masacre de 1980, con el muro dañado y el reloj parado. Es un lugar de duelo con visitantes cada día, no un punto de interés fotográfico, y se atraviesa con el mismo respeto que cualquier memorial.

Cuándo ir y qué conviene preguntar antes de fotografiar

La mejor época es el otoño y la primavera. El verano boloñés es pesado y con la ciudad medio vacía, y el invierno trae niebla persistente en la llanura, que arruina la luz de las medianeras grandes durante días seguidos.

Dentro del día, las medianeras de Bolognina reciben mejor luz a media mañana, y los patios y calles estrechas al mediodía. La zona universitaria da igual, porque casi toda la obra está a la sombra de los soportales y se fotografía con luz difusa.

El mercado cubierto del barrio marca el ritmo de la mañana y es un buen punto de referencia para empezar. La ciudad se apaga bastante los domingos por la tarde, lo que es una ventaja para andar y una desventaja si se cuenta con encontrar sitios abiertos.

Y una cuestión de trato. En Bolognina hay obra pintada en patios y espacios comunitarios que no son vía pública: si hay una puerta, se pregunta antes de entrar. Del mismo modo, en la Cirenaica varias placas están en fachadas de casas particulares. La regla es la de siempre, y vale en cualquier ciudad donde los murales han transformado barrios habitados: la calle es de todos, el portal no.

Preguntas frecuentes

¿Queda algo de las obras borradas en 2016?

Los muros siguen en pie y pintados de gris. Es posible localizarlos y ver el paño uniforme donde estaba la obra, algo que resulta más elocuente de lo que parece, pero no hay resto visible de la pintura original.

¿Cuánto tiempo hace falta para ver la ciudad pintada?

Una jornada completa de siete u ocho kilómetros cubre las cuatro zonas. Si solo hay medio día, Bolognina es la elección obvia: concentra la mayor densidad y se entiende sin contexto previo.

¿Hay algo en el centro histórico?

Poco de gran formato y mucho de pequeño. Los soportales protegidos dejan escasa pared libre, así que lo que hay es papel pegado, pegatina y escritura, sobre todo en la zona universitaria.

¿Es seguro recorrer Bolognina?

Es un barrio residencial y comercial normal, muy transitado a todas horas. Las precauciones son las de cualquier zona urbana densa, sin nada específico que justifique evitarlo.

¿Se puede ver todo con transporte público?

Se puede, pero se pierde la mitad. Estas rutas dependen de mirar las fachadas mientras se avanza, y desde el autobús solo aparecen las piezas más grandes. El paseo es parte del método, no una alternativa peor.

¿Merece la pena volver dentro de unos años?

En Bolognina y en el recinto del Ravone, sí: los dos rotan lo suficiente para dar una visita distinta. La zona universitaria cambia cada pocas semanas, así que ahí la respuesta es que merece la pena volver en cualquier momento.

Diez años después de aquella primavera, la ciudad ha dejado de definirse por lo que perdió. Lo que hay ahora está más repartido, se ve peor desde el centro y exige cruzar las vías, pero existe, y una jornada andando lo demuestra mejor que cualquier discusión sobre el muro gris.